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La 煤ltima reforma educativa espa帽ola (1990) se centr贸 en los avances efectuados en los procesos de ense帽anza/aprendizaje, derivados de la revoluci贸n cognitiva surgida entre los a帽os 1956 y 1965. Como explican Botella y Feixas (1998) la psicolog铆a cognitiva represent贸 una reacci贸n a la inadecuaci贸n de los modelos conductistas de est铆mulo-respuesta. En sus inicios, la revoluci贸n cognitiva puso todo su empe帽o en el procesamiento de la informaci贸n. Mahoney (1991) destaca como esos modelos cognitivos iniciales se guiaban (y algunos lo siguen haciendo) por lo que se ha denominado "metateor铆a sensorial de la mente". La metateor铆a sensorial parte del presupuesto de que la representaci贸n mental es una copia internalizada de la realidad externa. En este sentido la mente se concibe como un procesador pasivo-receptivo de informaci贸n que media entre el input de un est铆mulo y el output de una respuesta (Botella y Feixas, 1998, p谩g. 25).
Bajo esta primera visi贸n computacional de la revoluci贸n cognitiva (Bruner, 1990; Bruner, 1996; Mahoney, 1991) se efectuaron cambios importantes para mejorar los procesos de ense帽anza/aprendizaje a trav茅s de la estricta aplicaci贸n de las innovaciones efectuadas en el campo. As铆, el modelo educativo que sigui贸 se bas贸 en una variante del constructivismo piagetiano. En un contexto favorable para la renovaci贸n psicopedag贸gica, esta propuesta surg铆a como la alternativa m谩s adecuada a viejos modelos de entender los procesos educativos que no se adaptaban a una situaci贸n cambiante.
As铆, aspectos como las actitudes o los procedimientos fueron reinterpretados como esenciales, mientras que la importancia leg铆tima de la que siempre hab铆an gozado los cuerpos de conocimiento se empezaba a cuestionar seriamente. El nuevo lema fue "aprende a aprender" como 煤nica gu铆a fiable en una sociedad donde el conocimiento se creaba, acumulaba y renovaba continuamente. En este nuevo panorama educativo, el profesor deb铆a guiar al estudiante a trav茅s de preguntas y otros retos, motivando situaciones concretas con el objetivo de convertir al individuo (el estudiante) en el constructor de su propio aprendizaje (Sarramona, 1997). Al final del proceso, el conocimiento era el resultado directo de una construcci贸n individual desarrollada en un proceso interior. Delval (1996) comentando la epistemolog铆a de Piaget, explica que 茅sta se basa en la noci贸n de que el individuo construye su inteligencia y su conocimiento de una manera activa. El mismo autor a帽ade que la caracter铆stica principal del modelo piagetiano estriba en ser una teor铆a del individuo, entendiendo la actividad psicol贸gica como una actividad que se produce siempre "dentro" del individuo.
El peso espec铆fico recay贸 sobre la Epistemolog铆a Gen茅tica de Piaget, a pesar de reconocer el valor de la propuesta de Vygotsky de incorporar el lenguaje y la cultura como exponentes importantes del proceso educativo. Puede que nadie se atreviera a negar la importancia creciente de la cultura en los procesos psicol贸gicos y psicopedag贸gicos, pero resultaba tremendamente dif铆cil establecer uniones efectivas en t茅rminos psicopedag贸gicos entre las propuestas de Jean Piaget y Lev Vygotsky. Era la afirmaci贸n de las nuevas posibilidades de la revoluci贸n cognitiva.
A lo largo de estos a帽os, hemos ido viviendo la "evoluci贸n de la revoluci贸n" (Mahoney, 1991), es decir, un segundo momento en la revoluci贸n cognitiva. Esta nueva etapa es un intento de mantenerse fiel a los principios originales que motivaron el cambio de una psicolog铆a conductual a una cognitiva. Como argumenta Bruner (1990), el giro cognitivo abandon贸 en su primera etapa lo que deb铆a ser su m谩ximo inter茅s, a saber, la construcci贸n de significado. El factor clave de este cambio fue la adopci贸n de la computaci贸n como met谩fora dominante.
Este cambio de inter茅s no sorprende teniendo en cuenta que a principios de los 50 los ordenadores y la teor铆a computacional se hab铆an convertido en la met谩fora raiz de los procesos de informaci贸n. Bruner (1990) contin煤a explicando que la finalidad original de la revoluci贸n cognitiva se basaba en el esfuerzo interpretativo del conocimiento, centr谩ndose por lo tanto en un intento de instaurar el significado como concepto fundamental en la psicolog铆a. As铆 el objetivo original de la revoluci贸n cognitiva se concretaba en descubrir y describir los significados que los seres humanos crean a partir de sus encuentros con el mundo.
En los 煤ltimos a帽os se ha ido configurando una postura alternativa a la primera propuesta computacional de la revoluci贸n cognitiva. Esta segunda concepci贸n no s贸lo se ha basado en hip贸tesis distintas sobre la naturaleza de la mente y c贸mo esta deb铆a ser educada, sino que tambi茅n ha establecido una visi贸n distinta en la relaci贸n entre conocimiento y realidad.
Desde este punto vista dicot贸mico de las concepciones cognitivas, es sencillo entender que Bruner en The culture of education (1996) admita que en sus principios estuvo demasiado preocupado con los procesos individuales e intraps铆quicos del conocimiento y en como estos pod铆an ser aplicados a la pedagog铆a. De hecho, el mismo autor comenta en su obra que aunque no se considera un aut茅ntico vygotskiano, reconoce que las teor铆as de Vygotsky minaron su confianza en las teor铆as individualistas y formalistas de Piaget.
La revoluci贸n cognitiva evoluciona en el mundo de la psicopedagog铆a hacia una segunda concepci贸n enraizada en la cultural: el culturalismo (Bruner, 1996). Botella y Feixas (1998) explican este segundo momento de la revoluci贸n cognitiva de la siguiente manera:
Esta evoluci贸n se fundamenta en la aplicaci贸n de premisas epistemol贸gicas no objetivistas (es decir, no mecanicistas ni positivistas) al estudio de los procesos mentales. Es en el contexto de esta evoluci贸n, vinculada a nuestro juicio al contexto cultural posmoderno en que se produce, donde adquiere sentido el constructivismo como metateor铆a. (Botella y Feixas, 1998, p谩g. 26)
Como afirman Botella y Feixas (1998) resulta dif铆cil entender la "evoluci贸n de la revoluci贸n" sin tener en cuenta el factor epistemol贸gico. Comprendemos que esta resignificaci贸n cognitiva se produce en el marco contextual posmoderno en el que se desarrolla un cambio radical en la manera de concebir el conocimiento humano y el proceso de conocer.
De esta manera la idea central de estas p谩ginas gira en torno a la reflexi贸n de dos concepciones procedentes de una misma revoluci贸n cognitiva que lejos de compartir paradigma se diferencian en el 谩mbito epistemol贸gico y en las propuestas que deben guiar los procesos de aprendizaje. Resulta pues imprescindible introducirnos en el contexto cultural posmoderno para entender el cambio epistemol贸gico que reviste esta "evoluci贸n".
El anuncio del presidente de Checoslovaquia, Vaclav Havel (1992) sobre el final de la era moderna (o al menos el principio del final), hac铆a referencia a un cambio de cosmovisi贸n. El nuevo paradigma posmoderno trata de moverse fuera de la l贸gica moderna, en un intento de atribuir significado a una nueva condici贸n creciente despu茅s de la "liquidaci贸n" del proyecto de la modernidad (Lyotard, 1994).
De la ambig眉edad que puede desprender cualquier discurso introductorio a la posmodernidad, surge la necesidad de distinguir y aclarar los distintos usos del t茅rmino posmoderno. Como propuso uno de nosotros en un trabajo anterior (Botella, 1995), se pueden discernir tres usos del dicho t茅rmino, discutidos tambi茅n por Kvale (1992a): posmodernidad, posmodernismo y pensamiento posmoderno. El primero, posmodernidad hace referencia a las condiciones sociales e hist贸ricas de la etapa posmoderna; el segundo, posmodernismo, a las expresiones culturales en la etapa posmoderna; y el tercero, pensamiento posmoderno, al discurso filos贸fico y cient铆fico de dicha etapa. La utilidad de discernir los tres usos del t茅rmino (si bien no son completamente independientes entre s铆) procede de nuestro intento de no incrementar la creciente confusi贸n al respecto, dado que habitualmente se utilizan de forma intercambiable.
La naturaleza de la posmodernidad ha sido tratada de forma divulgativa en bestsellers como Reality isn鈥檛 what it used to be (Anderson, 1990), The truth about the truth (Anderson, 1995), o Powershift (Toffler, 1990). Seg煤n este 煤ltimo, el poder en las sociedades occidentales contempor谩neas ha derivado de la recompensa econ贸mica o el uso de la violencia represiva a la producci贸n y consumo de conocimiento. El paso de una econom铆a industrial "de chimeneas" a una econom铆a post-industrial "super simb贸lica" (Tooffler, 1990, p. 10) es el correlato de un proceso general de descentralizaci贸n y deconstrucci贸n--no s贸lo en pol铆tica y econom铆a, sino en la ciencia, la filosof铆a y las artes. As铆, la posmodernidad abandona la b煤squeda ilustrada de una Verdad sobre la que erigir sistemas de creencias incuestionables (Toulmin, 1990). El relativismo impl铆cito en el abandono posmoderno de los ideales de la Ilustraci贸n se ha equiparado a la incredulidad (Lyotard, 1993), ambivalencia (Bauman, 1993), y descreimiento (Anderson, 1990).
Seg煤n O鈥橦ara y Anderson (1991, p.20), la conciencia posmoderna ha surgido del "efecto acumulativo del pluralismo, la libertad religiosa, el consumismo, la movilidad, y el acceso creciente a la informaci贸n y el ocio". Como consecuencia de esta creciente conciencia global, se hace cada vez m谩s dif铆cil negar que existen diferentes visiones del mundo, y no queda claro por qu茅 la propia deber铆a ser la mejor. Por otra parte, la desaparici贸n de la frontera entre realidad y ficci贸n llega a ser un hecho habitual en los informativo de televisi贸n y los reality shows, y el advenimiento de la realidad virtual (curioso ox铆moron posmoderno) y las tecnolog铆as de la saturaci贸n social (Internet, redes mutimedia, telefon铆a m贸vil...) acabar谩 disolviendo las pocas distinciones que se mantienen entre hecho y ficci贸n (Gergen, 1991). As铆, no s贸lo es innegable que hay m煤ltiples visiones del mundo, sino tambi茅n que ninguna se basa en un acceso privilegiado a la realidad (sea lo que sea lo que signifique realidad).
La posmodernidad no constituye un periodo hist贸rico concreto, ni una tendencia con caracter铆sticas bien definidas (Heller y Feh茅r, 1989); se trata m谩s bien, de una "condici贸n" (Lyotard, 1993) una conciencia cada vez m谩s extendida y generalizada de desencanto ante nociones como raz贸n, historia, progreso y emancipaci贸n que durante la Ilustraci贸n hab铆an dirigido firmemente a la humanidad hacia un fin (Mardones, 1994).
La complejidad que conlleva la caracterizaci贸n de la posmodernidad es el resultado directo que se deriva de esta situaci贸n. La dificultad no s贸lo parte de la novedad que supone el t茅rmino posmodernidad, o la condici贸n que pretende explicar (Urdanibia, 1994), sino tambi茅n de los distintos diagn贸sticos a los que se ha sometido esta nueva situaci贸n. Desde esta perspectiva, algunos autores han identificado y evaluado la posmodernidad de maneras muy diversas. Mientras algunos la entienden como una continuaci贸n de la modernidad, apelando al car谩cter inacabado del proyecto moderno (por ejemplo Habermas), otros autores m谩s radicales inspirados en La Estructura de las Revoluciones Cient铆ficas (Kuhn, 1970), entienden la posmodernidad como una rotura radical con el antiguo paradigma de la modernidad. No se trata de un abandono del proyecto de las luces o de una 茅poca nueva, sino de una conciencia de que el proyecto de la modernidad est谩 liquidado (Lyotard, 1993). Es el nacimiento de un nuevo zeitgeist.
A la distinci贸n terminol贸gica
lejos del consenso, hemos de sumarle el equ铆voco que supone la
part铆cula "post" en los usos del t茅rmino posmoderno (Urdanibia, 1994).
La part铆cula "post", significa "despu茅s". Esto nos puede llevar a
pensar en una temporalizaci贸n hist贸rica, un "despu茅s de la modernidad"
en el sentido m谩s lineal. Sin embargo, esta idea no corresponde en
absoluto al sentido hist贸rico de la posmodernidad (volveremos a este
tema m谩s tarde). Aun aceptando dicho supuesto, deber铆amos plantearnos
si, para empezar, ser铆amos capaces de consensuar qu茅 es la modernidad.
Seg煤n todo lo dicho hasta este punto, del origen del t茅rmino no se
deduce otra cosa que el origen complejo del discurso acerca la
posmodernidad. Despu茅s de todo lo expuesto, no resulta extra帽o que Eco
(1984) en sus apostillas al Nombre de la Rosa afirme que
desgraciadamente "posmoderno" es un t茅rmino que sirve para cualquier
cosa. Elemento por elemento, va constituy茅ndose una sintomatolog铆a
difusa de la naturaleza ca贸tica de la posmodernidad.
Vistas las dificultades que se nos presentan al intentar caracterizar la posmodernidad o la condici贸n posmoderna, quiz谩s ser铆a m谩s afortunado y 煤til preguntarnos cu谩les son las inquietudes que nos crea vivir inmersos en dicha condici贸n (Heller y Feh茅r, 1989). Pero ante de intentar perfilar estas inquietudes deber铆amos analizar los or铆genes de esta nueva condici贸n posmoderna. 驴Por qu茅 entran en crisis las grandes nociones y narrativas?, 驴Qu茅 es lo que ha provocado un cambio de zeitgeist?, 驴Qu茅 ha cambiado en el mundo o en nosotros mismos?
En este sentido, la mayor铆a de autores coincide en atribuir un papel determinante al desarrollo de los mass media en el surgimiento de una sociedad posmoderna (Vattimo, 1990), especialmente por lo que comportan en cuanto que tecnolog铆as de la saturaci贸n social (Gergen, 1991). Ante el impacto de las innovaciones de los medios de comunicaci贸n el self no queda neutro, pasivo. Todo este despliegue tecnol贸gico tiene consecuencias psicol贸gicas; el self se encuentra de forma inexplicable frente a situaciones, im谩genes e informaciones completamente nuevas y potencialmente infinitas que tiene que asumir e interiorizar. Seg煤n Gergen (1991), el incremento de estimulaci贸n social a la que estamos expuestos cada uno de nosotros (y la sociedad en general) es tan exagerado que se produce un estado de saturaci贸n social. Nuestro sentido familiar de self llega a estar tan superpoblado de roles sociales (a veces no directamente compatibles) que se llega inevitablemente a un estado de fragmentaci贸n. El self integrado, coherente y consistente al que aspiran las teor铆as humanistas no deja de ser un sue帽o (o una pesadilla totalitaria) desde la perspectiva de la posmodernidad. En resumen, los efectos de la posmodernidad podr铆an equipararse a una saturaci贸n social debida a un exceso de estimulaci贸n por parte de los medios de comunicaci贸n.
Vattimo (1990), en la misma l铆nea que Gergen (1991) analiza las consecuencias de las revoluciones tecnol贸gicas de nuestro siglo para buscar el origen de la posmodernidad. Los medios de comunicaci贸n de masas se han convertido en componentes de una explosi贸n y multiplicaci贸n generalizada de Weltanschuangen, de visiones del mundo ya no s贸lo referidas a las distintas culturas del planeta, sino tambi茅n a las m煤ltiples subculturas dentro de una misma cultura. Se facilita la liberaci贸n de las diversidades, de los "dialectos" (Vattimo, 1990). Culturas y minor铆as se hacen p煤blicas, encuentran su turno para hablar, exponen su perspectiva ante la perplejidad y "extra帽amiento" (Vattimo, 1990) de los que viven en una cultura mayoritaria. Con ello, llega el principio de su reconocimiento. Como afirma Villegas (1992):
A quinientos a帽os de los viajes transoce谩nicos de los navegantes espa帽oles y portugueses, que marcaron el inicio de la era moderna y la aparici贸n de los grandes imperios, la tierra vuelve a ser un mosaico de culturas, lenguas y creencias, de m煤ltiples discursos que pugnan por ser o铆dos en un contexto de multidiversidad (p.6).
驴Qu茅 es lo que cambia en la sociedad con esta nueva situaci贸n de multi-exposici贸n de perspectivas suscitada por las tecnolog铆as de la saturaci贸n social? Ante dicha situaci贸n la sociedad no se caracteriza por ser m谩s transparente, m谩s consciente de s铆 misma, m谩s iluminada, sino por una mayor complejidad e incluso caos, al contrario de lo que preve铆a Adorno en su Dial茅ctica de la Ilustraci贸n, cuando crey贸 ver en la radio y posteriormente en la televisi贸n un efecto homologador general (Vattimo, 1990).
Recogiendo lo antedicho sobre el proceso de saturaci贸n social y la sociedad ca贸tica (como resultado de la multiplicaci贸n exagerada de distintas visiones del mundo), no resulta atrevido deducir que se ha producido un cambio en las caracter铆sticas del self y, por lo tanto, un cambio en las caracter铆sticas de una sociedad super-estimulada (Anderson, 1990; Gergen, 1991). Este self posmoderno tienen unas caracter铆sticas totalmente distintas a las del s贸lido self de la modernidad. El self compacto, capaz de descubrir las verdades del mundo a trav茅s de la raz贸n y gracias a la aplicaci贸n del m茅todo cient铆fico, que tiene como m谩ximo defensor a Descartes con su "pienso luego existo", queda diluido y constituido en la posmodernidad por un conjunto de roles en constante construcci贸n y reconstrucci贸n, en un "me comunico luego existo" (Gergen, 1996). Es precisamente de este estado de construcci贸n y reconstrucci贸n continua de donde surge la sensaci贸n de transitoriedad, desorden y caos como un estado aceptable y necesario dentro de la posmodernidad. Esta situaci贸n de caos entra en contradicci贸n con el af谩n y necesidad de orden, de control y de equilibrio impulsados por Newton, exponente de la met谩fora mecanicista del siglo XVII.
Es aqu铆 cuando empiezan a surgir las
inquietudes de los que vivimos en la posmodernidad. La realidad ya no
parece ser constante y objetiva, sino producto de una construcci贸n
social guiada por unas coordenadas temporales y espaciales desde donde
interpretamos cada realidad. Esta realidad o, mejor, estas realidades
socialmente construidas est谩n formadas por un conglomerado de im谩genes,
vivencias e interpretaciones que nos predisponen a un estado constante
de construcci贸n y reconstrucci贸n. La verdad, por lo tanto, no deja de
ser una forma de ficci贸n. Como apunta Vattimo (1990):
La
intensificaci贸n de las posibilidades de informaci贸n sobre la realidad
en sus m谩s diversos aspectos vuelve cada vez menos concebible la idea
misma de una realidad. Quiz谩 se cumple en el mundo de los mass media
una "profec铆a" de Nietzsche: el mundo verdadero, al final, se convierte
en f谩bula (p. 81).
La dicotom铆a realidad versus ficci贸n se
disuelve. Todo se convierte en ficci贸n, pero este hecho no deber铆a
suponer ning煤n trauma para un constructivista, al menos si analizamos
la ra铆z etimol贸gica de ficci贸n que deriva del lat铆n facere, es decir,
hacer, construir.
La crisis de la Realidad conlleva la crisis del
Ideal, de lo Universal. Esa verdad que ten铆a que guiar a la humanidad,
tan anhelada y perseguida por los empiristas del siglo XVIII y XIX, que
hab铆an cre铆do encontrar en el m茅todo cient铆fico el camino m谩s v谩lido y
fiable hacia el esclarecimiento de las leyes que reg铆an el universo
ordenado de Newton, queda configurada a partir de ahora de manera muy
diferente. La verdad parece ser una cuesti贸n de perspectiva, y 茅sta
productos de intercambios y consensos sociales, es decir, construidas
en los sistemas de comunicaci贸n social (Gergen, 1991).
Paralelamente se empieza a dudar de la confianza, quiz谩s exagerada e
idealizada, en las posibilidades que se le hab铆an otorgado a la raz贸n
en los siglos XVIII y XIX y principios de XX. Durante la modernidad
primaba la suposici贸n b谩sica de la emancipaci贸n y progreso a trav茅s de
la raz贸n y de la ciencia. El progreso era entendido en un sentido
acumulativo; como acumulaci贸n de saber y de tecnolog铆a. Pero pronto se
observa que una mayor acumulaci贸n de conocimiento no implica
necesariamente que el ser humano sea m谩s sabio.
Frente las inquietudes anteriores, surgen la reflexi贸n y la crisis sobre uno de los pilares de la modernidad: la legitimaci贸n. Este vac铆o legitimizante nos devuelve la esperanza en la recuperaci贸n del sujeto, que la modernidad hab铆a olvidado en favor de la raz贸n. La cr铆tica a la legitimaci贸n es fundamental en la cultura posmoderna. Con la p茅rdida de los sistemas generales de legitimaci贸n, los grandes metarrelatos que justificaban y conten铆an en ellos mismos un poder legitimizante, universal y necesario, ya no justifican las acciones por un sistema mayor o por la idea de progreso. As铆, se recupera el sujeto como 煤ltimo responsable de sus acciones morales, neg谩ndole la comodidad y seguridad que supon铆an un Bien y un Mal universales. Parad贸jicamente, el relativismo posmoderno conduce directamente a poner en primer plano la 茅tica de la acci贸n y del discurso. Tras la expulsi贸n del para铆so epistemol贸gico de la modernidad, el ser humano se enfrenta a la necesidad de justificar sus acciones en sus propios t茅rminos, y no mediante el recurso a sistemas supuestamente trascendentes. Esta necesidad, como afirma Ib谩帽ez (1992):
(...) nos aleja de la pretensi贸n de poder emitir el discurso de la Verdad. Esto nos vuelve a situar como "simplemente humanos" y puede da帽ar la autoestima de quienes desean ser tan absolutos como los Dioses. Es sin duda un paso costoso (p. 27).
Queda claro en las p谩ginas anteriores que el advenimiento de un contexto cultural posmoderno conlleva un cambio epistemol贸gico. De hecho, cada vez son m谩s los autores que relacionan a las puertas de un nuevo milenio el constructivismo y la posmodernidad (ver, Botella, 1995; Botella y Figueras, 1995; Botella y Feixas, 1998; Kvale, 1992b; Mahoney, 1991; McNamee & Gergen, 1992).
El constructivismo, en el intento de establecer una relaci贸n efectiva entre conocimiento y realidad se aleja de la postura idealista y de la realista (Chiari y Nuzzo, 1993), por lo que se puede considerar una alternativa epistemol贸gica al objetivismo (ver Mahoney, 1991):
Como alternativa a ambas posturas, la epistemolog铆a constructivista parte de la premisa de que, exista o no una realidad externa al observador, el significado de 茅sta es s贸lo accesible mediante la construcci贸n de dimensiones de interpretaci贸n. El conocimiento se concibe como construcci贸n, y la relaci贸n entre 茅ste y la realidad es de adaptaci贸n entendida como viabilidad. (Botella y Feixas, 1998, p谩g. 36)
Las caracter铆sticas del constructivismo han sido sintetizadas por muchos autores, por ejemplo, Botella, 1995; Botella y Feixas, 1998; Guba y Lincoln 1994; Feixas y Villegas, 1990; Lyddon, 1988; Mahoney, 1988, 1991; Mahoney y Lyddon, 1988; Novak, 1988, 1993). De los aspectos comunes de los estudios de los diferentes autores, se deduce la premisa epistemol贸gica b谩sica del constructivismo que se帽ala que, exista o no una realidad externa al observador (el constructivismo adopta una postura ontol贸gica neutra; ver Gergen, 1996; Ib谩帽ez, 1992), el significado de 茅sta es s贸lo accesible a trav茅s de la construcci贸n de dimensiones de interpretaci贸n. As铆, los individuos construyen proactivamente modelos de atribuci贸n de significado sobre el mundo y sobre s铆 mismos (Bruner, 1990) que var铆an de uno al otro y que evolucionan en funci贸n de la experiencia y de los intercambios sociales. La "realidad" se construir谩 activamente en base a los modelos de atribuci贸n de significado.
De esta manera, el constructivismo se presenta como una nueva opci贸n a la epistemolog铆a objetivista m谩s propia de la modernidad, dado que ambas se basan en premisas opuestas con respecto a la visi贸n del mundo, la concepci贸n del conocimiento, la naturaleza de la justificaci贸n y la visi贸n del ser humano. Esta diversidad epistemol贸gica se puede observar en la siguiente tabla propuesta por Botella y Feixas (1998):
Visi贸n del mundo: Mecanicista y/o formista Visi贸n del mundo:Organicista y/o contextualista
Concepci贸n del conocimiento: Fragmentalismo acumulativo Concepci贸n del conocimiento:Alternativismo constructivo
Naturaleza de la justificaci贸n:Valor de Verdad Naturaleza de la justificaci贸n:Valor de uso
Visi贸n del ser humano:
Reactivo, pasivo, determinado por su entorno, aislado del medio social
Visi贸n del ser humano:(Pro) activo, propositivo, en relaci贸n dial茅ctica
con su entorno, integrado en su medio social
As铆, la segunda etapa de la revoluci贸n cognitiva se caracteriza por la aplicaci贸n tanto en la pr谩ctica como en la teor铆a psicopedag贸gica de las premisas epistemol贸gicas no objetivistas, m谩s propias del contexto cultural posmoderno (Botella y Feixas, 1998). En contrapartida, los modelos educativos derivados de la primera etapa computacional, se aproximan en su fondo epistemol贸gico al proyecto de la Ilustraci贸n en su manera particular de entender el self y el conocimiento.
Desde este punto de vista resulta sencillo identificar el modelo educativo que se desprende de la Epistemolog铆a Gen茅tica de Piaget enraizada en la etapa m谩s computacional, con la epistemolog铆a objetivista. Esta epistemolog铆a objectivista ha sido relacionada por algunos autores (Botella, 1995; Gergen, 1991; Neimeyer, 1993) con el proyecto de la modernidad, ya que considera la identidad y el conocimiento como un logro individual e intraps铆quico.
Esta relaci贸n entre el modelo educativo llamado parad贸jicamente constructivista de Piaget y la manera particular de entender la identidad y el conocimiento, no es sorprendente ya que como dice Kvale (1992a), la educaci贸n y la psicolog铆a son el resultado directo del proyecto de la modernidad. De hecho, el modelo educativo constructivista derivado de la Gen茅tica Estructuralista persigue la idea principal del proyecto de la ilustraci贸n. Este proyecto expresaba el objetivo principal de la educaci贸n diciendo que estaba centrada en la construcci贸n individual, olvidando el peso que ejerce la cultura y el lenguaje en los procesos de construcci贸n de la identidad y de atribuci贸n de significado.
En nuestra opini贸n, el reto de la educaci贸n de final de milenio reside en la aplicaci贸n progresiva de las innovaciones derivadas del cambio epistemol贸gico a los procesos de aprendizaje. M谩s all谩 del constructivismo Piagetiano y de los or铆genes Vygotskianos, debemos construir espacios que nos permitan reflexionar sobre las posibilidades que ofrece la metateoria constructivista (Botella, 1995) en los procesos educativos. Lejos de las generalizadas y complejas propuestas socio-cr铆ticas, hemos de construir un modelo educativo que nos sorprenda por su sencillez y su coherencia epistemol贸gica.
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